Durante sus días entre nosotros, Jesús nunca rechazó a nadie. Él comió con los pecadores, sanó a los enfermos, habló con los despreciados, amó a los rechazados, hizo milagros los sábados y , concurrió a celebraciones, fue de pesca, sobre todo, nos enseñó a amar al prójimo.
“Este principio de señales hizo Jesús
en Caná de Galilea, y manifestó Su gloria, y Sus discípulos creyeron en Él.”
(Juan 2:11)
¿En su casa está faltando alegría?
Sepa que Jesús quiere transformar todo el dolor y sufrimiento en la más pura
felicidad.
Al salir de la sinagoga, Jesús visitó
la casa de Pedro, donde encontró enferma a la suegra del discípulo.
Inmediatamente, Jesús reprendió la enfermedad y ministró la cura. La mujer fue
sanada y comenzó a servir al Señor Jesús.
“E inclinándose hacia ella, reprendió
a la fiebre; y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía.”
(Lucas 4:39)
Al llegar a la casa que Le servía de
posada entre los viajes, una multitud se acercó a Jesús, en búsqueda de varios
milagros. Pero un hombre paralítico Le llamó la atención al haber sido
introducido a la casa por el tejado por sus amigos. Admirado por esa fe. Jesús
perdonó sus pecados y restauró su salud.
“Pues para que sepáis que el Hijo del
Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):
A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Lucas 5:24)
Jesús quiere restaurar la salud de su
vida y de su familia, invítelo a entrar a su casa hoy mismo.
Jesús fue invitado a comer a la casa
de Leví, un publicano cobrador de impuestos.
Pero los fariseos enseguida
comenzaron a discriminar a Leví por su pasado y le cuestionaron a Jesús y a Sus
discípulos por comer con él. Sin embargo, el Señor les advirtió diciendo:
Jesús llevó el arrepentimiento y el
perdón a aquella casa, permita que Él entre a la suya y también perdone a todos
por el pasado pecaminoso de cada uno.
En Israel, había una costumbre de que
cada vez que alguien llegara a alguna casa, el anfitrión ofrecía agua para
lavar los pies y las manos del visitante. Cuando Jesús llegó a la casa de
Simón, él no le ofreció tal hospitalidad, pero he aquí que hubo una sorpresa
para todos, cuando una mujer entró, lavó los pies del Señor Jesús con sus
lágrimas, los secó con su propio cabello y los ungió con ungüento.
Jesús vio el amor de aquella mujer y
le dijo delante de todos:
“Por lo cual te digo que sus muchos
pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona
poco, poco ama.” (Lucas 7:47)
Invite a Jesús a entrar a su casa,
derrame sus lágrimas a Sus pies y reciba el perdón y la unción.
Jairo estaba desesperado por la
enfermedad de su hija e invitó a Jesús a que fuera hasta a su casa, pero, lo
peor sucedió en el camino: su hija murió. Sin embargo, Jesús viendo la fe de
aquel hombre, aun así fue hasta su casa y realizó el milagro:
“Mas Él, tomándola de la mano, clamó
diciendo: “Muchacha, levántate. Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente
se levantó; y Él mandó que se le diese de comer.” (Lucas 9:54-55)
Jesús puede resucitar lo que para
usted ya está muerto. Llámelo para que entre a su casa y para que ¡traiga la
vida de nuevo!
En una de las casas que Jesús más
frecuentó, Él nos dejó una gran lección al reprender a Marta, que se preocupaba
demasiado por los quehaceres de la casa, mientras María se concentró en oír Su
mensaje.
“Pero sólo una cosa es necesaria; y
María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.” (Lucas 10:42)
Deje las preocupaciones de lado,
pídale a Jesús que entre en su casa y oiga lo que el Espíritu quiere decirle.
Jesús, al darse cuenta del esfuerzo
de Zaqueo para verlo, se ofreció a visitar la casa de aquel publicano. Zaqueo
se sintió privilegiado, reconoció sus pecados y decidió cambiar de vida,
disculpándose con las personas que había defraudado.
Viendo su arrepentimiento, Jesús le
dijo: “Hoy ha venido la Salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de
Abraham.” (Lucas 19:9)
¡Sepa que Jesús también quiere entrar
en su casa y salvarle!
De acuerdo con algunos estudiosos,
esta casa pertenecía al evangelista Marcos, fue allí donde los discípulos
fueron bien recibidos y pidieron que se separe el mejor espacio de la casa con
el fin de preparar la Cena del Señor.
“…Cuánto he deseado comer con
vosotros esta pascua…” (Lucas 22:15
Cuando usted prepara lo mejor para el
Señor Jesús, su vida y familia se llenan de la comunión en la presencia de
Dios.
Fue la única vez que Jesús fue
llevado a una casa involuntariamente. En la casa de Caifás, el sumo sacerdote,
Él fue juzgado, con el fin de condenarlo a la muerte.
“Y los principales sacerdotes y los
ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para
entregarle a la muerte…” (Mateo 26:59)
A menudo en nuestra propia casa
levantamos la voz para juzgar a nuestros familiares y a personas que están a
nuestro alrededor, sin darnos cuenta que Jesús también está allí con nosotros.
Reflexione y observe si sus palabras
han sido de juicio para con su prójimo.
Después de Su resurrección, Jesús se
les apareció a los discípulos, pero ellos no Lo reconocieron. Sin embargo, al
ser invitado a entrar a la casa y a pasar la noche, Jesús partió el pan y les
dio, en aquel momento, los ojos de aquellos dos discípulos se abrieron y
pudieron ver que Jesús siempre estuvo entre ellos.
“Ha resucitado el Señor
verdaderamente, y ha aparecido a Simón.” (Lucas 24:34)
Jesús quiere abrir la visión espiritual
de su familia para que todos vean que Él vive entre nosotros.
Después de la muerte y de la
resurrección de Jesús, los discípulos tenían miedo de los judíos. Pero el Señor
se les apareció en la casa donde estaban reunidos y los calmó:
“… sopló, y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo.” (Juan 20:22)
Sepa que en aquellos días en los
cuales usted está solo, con miedo, con las puertas cerradas, el Señor Jesús
está con usted y envía Su Espíritu para calmar su corazón.
Sea cual fuere su necesidad, el Señor
Jesús continúa golpeando la puerta para entrar y transformar su vida y su
hogar. Solo debe invitarlo en este momento, a través de una simple oración.
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