CICLO LA MANO DE DIOS - EL DESIERTO
Primeras experiencias en el desierto - Éxodo 15:22-16:34
Israel en la Península de Sinaí - Condiciones geográficas y climatológicas
1. Lo que
era el "desierto" Después
del cruce triunfal del mar Rojo, Israel había de pasar cuarenta años "en
el desierto". Durante este extendido período, una generación había de
morir, criándose otra en las condiciones de una vida nómada, que suponía
frecuentes viajes por medio de tierras generalmente inhóspitas, un factor que
no podía por menos que dejar una huella en el pueblo. El "desierto"
había de ser "el aula" donde la nueva nación había de aprender sus
primeras lecciones, fuese por medio de los mensajes proféticos de Moisés, fuese
por el impacto de un sistema nuevo —perfeccionado— de leyes, fuese por las
repetidas experiencias de sus propios fracasos, que motivaron distintas
manifestaciones de los juicios o de la gracia de Dios. Hemos de volver sobre
estos aspectos de la formación de Israel, pero antes es preciso que estudiemos
las condiciones externas de la península de Sinaí, ya que éstas condicionaron
muchas de las experiencias del pueblo.
En la península de Sinaí se hallaban desiertos
áridos y también extensiones importantes de terrenos aptos para el pastoreo.
Aparte de la guía de la nube y las provisiones especiales que Dios otorgaba a
su pueblo, habría sido imposible que tantas personas fuesen sostenidas en la
península durante 40 años.
Israel no se
hallaba todo el tiempo en medio de arenales, o entre montañas y rocas
completamente áridas. Se trataba de atravesar las regiones totalmente
desérticas, para llegar a oasis fértiles, o a valles donde el ganado podía
hallar pastos suficientes. En fin, la península se prestaba a la vida nómada de
un pueblo reducido de pastores y ganaderos, pero tan gran número de peregrinos
habían de "vivir por fe" ya que sus necesidades rebasaban con mucho
las posibilidades de los recursos naturales de la península. El milagro constante del maná y la
provisión especial de agua en ciertos momentos cubre este margen, y, a la vez,
daba reiteradas lecciones de la omnipotencia y gracia de Jehová, Dios de
Israel.
A cierta distancia del punto sur de la península se
halla la sierra granítica de Sinaí, cuyos picos más elevados alcanzan alturas
de 2.000 a 2.500 metros. Entre esta imponente sierra y la meseta central se
hallan terrenos quebrados de roca arenisca, con depósitos de cobre y turquesa,
cuyas minas eran explotadas por los egipcios. Lo más probable es que —según una
antiquísima tradición— Horeb, el monte sagrado, se hallara en la sierra de
Sinaí, identificándose generalmente con Yebel Musa (monte de Moisés), al pie
del cual se halla ahora el monasterio de Santa Catalina. Tal suposición
coincide con las exigencias de la ruta más probable para la peregrinación desde
Ramesés hasta Horeb, como también con la presencia de madianitas en la región.
Entre la meseta central y el mar Rojo (golfo de Suez) al oeste, se halla una estrecha franja litoral que los israelitas utilizaron para las primeras etapas de su viaje, hasta llegar al desierto de Sin. Entre el centro de la península y la punta norte del golfo de Aqaba se encuentra el extenso desierto de Parán, por cuyos parajes vagaban varios pueblos nómadas o seminómadas. Al norte de este región, y a las puertas ya del Néguev (área sur de Canaán), se halla Cades-barnea que, posteriormente al período histórico del libro de Éxodo, había de ser lugar decisivo en la vida del pueblo de Israel, y su base principal durante los treinta y ocho años "perdidos" (Números 13 y siguientes).
3. Rutas
permanentes en la península eran tres. La ruta seguida por Israel hasta Sinaí Las
dificultades en cuanto a la identificación de las paradas, hay un lapso de dos
milenios y medio ha hecho muy difícil la identificación exacta de los
campamentos de Israel mencionados en Éxodo
15-19 y en la lista ordenada de Números 33, según los cuidadosos anales que
llevaba Moisés. Cuando se trata de una ciudad los arqueólogos siempre dan con
restos sólidos de mampostería, de monedas, de cerámica, etc., que les ayudan a
llegar a conclusiones bien basadas, deduciéndose nombres, fechas, etc., pero no
hay nada de esto en un campamento temporal cerca de algún oasis o en los valles
de torrenteras. Los mismos israelitas daban nombres a distintos lugares con
referencia a incidentes ocurridos allí, pero no quedaban allí después para perpetuar
estos nombres como datos, pues, no tenemos más que los que nos da la historia
bíblica y ciertas condiciones topográficas que pueden considerarse como
permanentes. Aún así, fuentes pueden quedar cegadas por tormentas de arena, o,
moradores posteriores habrán podido cambiar el curso de corrientes de agua. La
ruta tradicional, que sigue paralela a la costa del golfo de Suez hasta llegar
a las cercanías de Dopka.
Mara y Elim.
Moisés y sus huestes se hallaban al principio en la referida ruta que llevaba al
sur sudeste hacia la región minera de Dopka, y, tras tres días de viaje, se
hallaron en un punto que el texto bíblico llama "Mara", pero con
referencia probable al incidente que ocurrió allí, bien que la mala calidad de
las aguas podía haber determinado el nombre anteriormente. Hay tales fuentes en
Aín Azara, —aín = fuente en arábigo— pero algunos han pensado que los
israelitas no habrían podido llegar tan lejos en tres días de marcha, con un
avance medio de como 20 km. al día. Otra posibilidad es "Aín Musa",
más cerca de la travesía del mar de las Cañas. No hay nota de tiempo en cuanto
al viaje de Mara a Elim, y este corresponde casi seguramente al área de Uadi
Gharandel, donde hay todo un complejo de fuentes y corrientes de agua, que hace
posible el cultivo del área, sin que falte arbolado. Hoy en día no se ven
"setenta palmeras", pero podía haber habido tantas y más.
Elim a Sinaí.
Para poder seguir esta etapa de la ruta, tenemos que recurrir al itinerario de
Números 33:10-15, por el que sabemos que hubo otro campamento "junto al
mar de las Cañas", o sea, en la costa de lo que es ahora el golfo de Suez.
Desde aquel punto, cuya ubicación exacta es imposible de determinar, los
israelitas se adentraron en la península por las sierras del desierto de Sin,
aproximadamente en dirección este hasta llegar a Dopka (o Dofa), centro de la región minera. Sería interesante saber
cómo Moisés ordenaría las relaciones con los jefes egipcios que dirigían las
operaciones mineras allí (sin duda con la ayuda de esclavos de otras
nacionalidades) pero no hay mención de oposición ni menos aún de lucha. Si
había llegado allí ya —algo muy probable— la dramática noticia de la
destrucción del ejército egipcio, los encargados egipcios de obras tendrían
pocos deseos de poner obstáculos en el camino de las huestes victoriosas de
Israel. Entre Dopka y Refidim no hay mención de otro campamento en Alús,
orientándose la ruta ya hacia Sinaí, en dirección sureste.
El carácter montañoso de este territorio ofrecería
considerables dificultades a la marcha de un ejército, y muchísimas más a la de
todo un pueblo, con las mujeres, niños, ganado e impedimenta. La región en
general se denomina el desierto de Sin, y antes de llegar a Refidim (con los
picos de la sierra de Sinaí ya a la vista) se produjo la murmuración que fue
zanjada por la provisión de codornices —algo excepcional— y del maná como
provisión permanente para el pueblo peregrino. Refidim es el escenario de la
murmuración que dio lugar al milagro del "agua de la roca", y sin más
incidentes mencionados en los anales, llegó el pueblo a las amplias explanadas
al pie de la sierra de Sinaí. Allí erigieron sus tiendas en ordenadas filas,
preparando "el hogar" que habían de ocupar durante un año, quizá el
año más importante de la vida del pueblo, ya que allí los israelitas habían de
recibir el Decálogo y demás ordenanzas que regularan su vida nacional, y allí
habían de entrar en solemne pacto con Jehová su Dios.
En las
llanuras delante de Sinaí (Ex 19:1-40:38), el libro de Levítico y (Nm
1:1-10:11). Israel permaneció en las llanuras situadas delante de la sierra
de Sinaí alrededor de un año que ya hemos señalado como, quizá, el más
importante en la vida nacional de Israel, ya que allí recibieron las leyes y
ordenanzas que determinaron su constitución social y su testimonio espiritual.
El tema del pacto confirmado allí necesitará cuidadoso estudio, pero sin duda
desempeña un papel determinante, no sólo en la vida de Israel, sino en el
desarrollo del plan de la redención en su totalidad. Delante de Sinaí, también,
fue levantado el tabernáculo, siendo apartada la tribu de Leví para el culto en
general, y, de entre ella, la familia de Aarón como sacerdotes para ofrecer los
sacrificios. Este sistema no es un mero apéndice al Decálogo, sino la base
sobre la cual descansa la estructura legal y la fuente de donde deriva su valor
el pacto. Cuando Israel abandonó su campamento delante de Sinaí, había sido
constituido en nación, con los rasgos esenciales que han permanecido a través
de los siglos. El pueblo podría ser infiel a su carácter y misión, pero no
había dudas en cuanto a éstos.
El viaje
desde Sinaí a Cades-barnea (Nm 10:12-12:16). Reconocemos, desde luego, la
obra providencial de Dios en todas las etapas de las peregrinaciones de Israel,
incluso durante los "años perdidos" que mediaron entre Cades-barnea y
el principio del viaje que lo llevaría a la frontera del este de Canaán. Sin
embargo, hemos de notar que "el plan original" —tal como le parecería
a Moisés y a los líderes— fue el de avanzar desde Sinaí hasta la base en
Cades-barnea, y desde allí preparar la conquista de Canaán desde el sur,
ocupando primeramente el Néguev, región amada por los patriarcas, para luego
atacar las ciudades del sur. Este plan fracasó por el gran pecado de Israel al
"aborrecer la tierra deseable" (Sal 106:24), después de escuchar el
informe desfavorable de diez de los exploradores enviados desde Cades-barnea.
Aun dentro de este estudio del éxodo sería conveniente leer con cuidado Números
13 y 14 para comprender esta crisis, que determinó treinta y ocho años de vida
nómada, durante los cuales Israel no se dirigía a ninguna parte sino que
esperaba la muerte de toda aquella generación rebelde. Desde luego, la próxima
generación de israelitas —de veinte años y menos— se formó en condiciones de
libertad, y tendría una mentalidad y preparación muy diferentes a la de la
multitud de ex esclavos que salieron de Egipto, y quizá la formación de esta
nueva promoción fue necesaria con miras a la conquista de Canaán. En el
itinerario de Números 33 no hay mención de Cades-barnea, pero suponemos que no
estaría lejos de Hazerot. Se halla en el desierto de Zin, al sur del Néguev, e
Israel volvía varias veces a sus valles y fuentes durante los referidos treinta
y ocho años.
Los años
perdidos (Nm 14:45-20:14). Ya hemos notado el carácter de estos años, que
terminan cuando Moisés pide al rey de Edom que deje a Israel pasar por sus
dominios en camino al territorio donde Moab linda con el río Jordán, antes de
entrar éste en el mar Muerto. Cuando el rey edomita rehusó la petición, se
inició la última etapa de las peregrinaciones antes de llegar a Canaán.
La ruta
alrededor de Edom y la conquista de Transjordania (Nm 20:22-22:1). El
capítulo 21 de Números señala la salida de Israel de la Península de Sinaí para
iniciar su largo y penoso viaje por tierras lindantes con Arabia al este del
valle de Arabá y el mar Muerto hasta topar con la resistencia de los reyes
amorreos; Sehón primero y Og de Basán después, cuyos territorios se extendieron
desde las fronteras de Moab hasta el norte, al este del Jordán. Edom y Moab
fueron protegidos por antiguas promesas, pero en el caso de los reyes amorreos
no existían enlaces raciales, y sus reinos fueron conquistados para ser
ocupados luego por Rubén, Gad y media tribu de Manasés.
La estancia
prolongada en las llanuras de Moab (Nm 22:1) (Dt 34:12). Moab estaba a
salvo porque el pueblo había descendido de Lot, pero esto no impidió la
ocupación por Israel de las llanuras situadas frente a Jericó, en la ribera
izquierda del Jordán, como base de la cual se preparó la invasión de Canaán. El
conocido incidente de Balaam, quien intentó maldecir al pueblo, ilustra
gráficamente las condiciones de aquel período último de vida desértica, o
semidesértica, anterior a la conquista. Los últimos discursos de Moisés (el
libro de Deuteronomio, etc.) se pronunciaron en las llanuras de Moab. En el
pico llamado Pisga, de las serranías de Moab, tuvo la visión de la tierra antes
de morir en un valle cercano.
Del mar
hasta Elim (Ex 15:22-27) La primera
experiencia del desierto (Ex 15:22). El versículo 22 puede traducirse como
sigue: "Entonces Moisés llevó a Israel adelante desde el mar Rojo y se
adentraron en el desierto de Shur", lo que señala una tremenda transición
en la vida del pueblo. Tras el cántico de triunfo que celebró la destrucción
del ejército egipcio, vino un período de penosas jornadas por tierras
inhóspitas. Procuremos ponernos en el lugar de una familia hebrea, acostumbrada
a la relativa comodidad de su hogar en la tierra de Gosén, nunca muy lejos de
un ramal del Nilo, para que formemos una idea clara de los graves problemas y
molestias que habían de soportar necesariamente al armar y desarmar su tienda
de campaña, prosiguiendo la marcha día tras día, solucionando —sin experiencia
previa— los problemas de comer, beber, dormir y cuidar de criaturas pequeñas y
de ganado en condiciones nuevas y penosas. Es verdad que Dios les prestaba
ayuda especial, dándoles sombra por medio de la nube durante el día e
iluminando el campamento de noche, además de conservarles la ropa y salvarles
de hinchazón de pie (Dt 8:4). Sin embargo, la condición humana, aparte momentos
de entusiasmo y euforia, se adapta mal a molestias y peligros, de modo que en
las tres primeras jornadas empieza a producir el desánimo general que estalla
en murmuraciones en Mara. Al final de su carrera Moisés exhortó a la nueva
generación que se acordase "de todo el camino por donde te ha traído
Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para
probarte, para saber lo que había en tu corazón..." (Dt 8:2) (Salmos 78,
105 y 106). Israel se hallaba en la "escuela de Dios" con el fin de
aprender lecciones que lo constituyesen en "pueblo peculiar",
instrumento para cumplir la misión ya señalada desde el llamamiento de Abraham.
La
experiencia de Mara (Ex 15:23-25). Sin duda los israelitas llevaban
suministros de agua consigo, que renovaban en las fuentes del camino, pero tres
largas jornadas habían agotado lo que podían llevar en los carros y sobre los
hombros. ¡Cómo desearían llegar a Mara, donde había posibilidad de hallar
fuentes! ¡Cuán grande sería su desengaño y dolor al hallar que las aguas eran
tan salobres que no les fue posible apagar la sed! La sed ardiente es un
sufrimiento terrible, y produce un deseo de beber que parece irresistible. En
la parte humana entendemos bien el grito del pueblo: "¿Qué hemos de
beber?". Lo triste es que los israelitas no expusieron su gran necesidad
delante del Señor, que les había mostrado tantas maravillas, sino que
"murmuraron contra Moisés", lo que equivalía —como Moisés había de recordarle
tantas veces— a murmurar contra Jehová.
Moisés
inició su gran obra de intercesor a favor de Israel, que había de mantener hasta el fin de su vida. "Moisés clamó a
Jehová" y recibió su contestación, pero, ¡cuánto mejor habría sido si todo
el pueblo se hubiera colocado humildemente en la presencia de Dios suplicando
el "socorro oportuno"! Jehová mostró a su siervo un árbol, que,
echado en las aguas de las fuentes salobres, las endulzaron. Es natural buscar
simbolismos en este incidente, pero primeramente hemos de comprender que se
trata de un acto real. Se dice que existen árboles en el mundo con esta virtud,
sin que se hallen ahora en la península de Sinaí pero eso no excluye la
posibilidad de que hubiera tal árbol en Mara entonces, y, de todas las formas,
la "virtud" procede del Señor, sea como propiedad "natural"
del árbol, sea como un remedio específico que él proveyó entonces. El Señor
señaló el árbol y Moisés obedeció al instante. He aquí las dos condiciones fundamentales para cambiar "lo
amargo" en "dulce": la manifestación de la provisión de Dios,
complementada por la sumisión en fe del siervo que la percibe y la utiliza.
La bendición
condicionada de Mara (Ex 15:26). Frente a cada nueva manifestación de la
voluntad de Dios, el pueblo, como "hijo obediente", debiera haber
prestado oído a lo que escuchaban, para guardarlo y ponerlo por obra. Es un
principio general que se reitera una y otra vez. Por añadidura, después de
"sanar" las aguas en Mara, el Señor prometió una bendición especial a
los obedientes: serían guardados de las enfermedades típicas de Egipto. Por
supuesto entran en juego leyes causales en esta promesa —leyes de causa y
efectos— puesto que una vida ordenada según los preceptos divinos suele ser
mucho más sana que la de los rebeldes y viciosos. Sin embargo, la promesa pasa
más allá de los buenos resultados higiénicos de una vida moderada y piadosa
pues Jehová proclama: "Yo soy Jehová tu sanador". Se trata de que
Dios vigila y cuida a su pueblo, que necesita fuerzas físicas para cumplir su
misión. Gracias a las sabias ordenanzas de la ley mosaica, los israelitas se
han conocido como pueblo de buenas costumbres y de constitución robusta, bien
que han perdido estos rasgos en tiempos de rebelión, que siempre traen su
secuela de decadencia.
Las fuentes
y palmeras de Elim (Ex 15:27). Ya hemos notado que, con toda probabilidad,
Elim corresponde al área que ahora se llama "Uadi Gharandel", que aún
goza de la fertilidad que surge de su complejo de fuentes y de uadis. ¡Qué
gusto tendrían las cansadas familias al acampar junto a las aguas, después de
las jornadas a través de secos arenales! No se narra incidente alguno en cuanto
a Elim. Es sencillamente lugar de descanso y de refrigerio, y por eso mismo el
nombre de "Elim" siempre ha recordado al pueblo de Dios que él sabe
que los suyos necesitan tiempos de alivio de las tensiones, para los cuales los
lleva, a veces, como buen pastor, a descansar "junto a aguas de reposo".
La provisión
del maná (Ex 16:1-36) En el desierto de Sin (Ex 16:1). Hemos trazado el
itinerario de Israel con bastante detalle en párrafos anteriores, y sólo
necesitamos recordar al lector que los israelitas se encuentran ya en el
desierto de Sin —distíngase de "Zin"— que se situaba entre la costa
del mar —el golfo de Suez— y Sinaí. Se trata de la época cuando el pueblo se
dirige a través de la región minera —cerca de ella— hacia Sinaí. Ya había
llevado mes y medio de caminatas y campamentos.
La murmuración
y sus consecuencias (Ex 16:2-12). Murmuraciones de carácter grave (Ex
16:2-3). Las narraciones de los libros del Éxodo y de Números nos acostumbran a
las repetidas murmuraciones de los israelitas. Según parece, Dios no hizo
provisión automática para problemas como el de las aguas amargas en Mara, o la
falta de pan en el desierto de Sin, o de la escasez de agua en Refidim. Estas
necesidades, que surgían de las condiciones de vida en el desierto, ofrecían
oportunidades a los israelitas para demostrar si habían aprendido la lección
principal. Ya que Dios les había salvado milagrosamente de Egipto, no le
faltaba ni el deseo ni el poder para suplir cualquier necesidad que surgiera.
Dios "les probaba", y por desgracia, una y otra vez fallaban bajo la
prueba, murmurando en lugar de orar; y llegada la crisis, dirigían sus quejas
contra Moisés sin mirar a Dios. Pero la providencia de Dios sacaba bien del mal
al multiplicar las intervenciones de juicio y de gracia por medio de su siervo.
El corazón del pueblo, ante la prueba, se revelaba como olvidadizo, ingrato e
incrédulo, pero siguen las lecciones, y es sobre este telón de fondo que Dios
revela su corazón.
Los rasgos realmente feos de esta murmuración en el desierto de Sin se revelan al leer el versículo 3. No es sólo que el pueblo pide sostén material (cosa lógica y necesaria) sino que sus deseos vuelven a Egipto, recordando, no la amarga servidumbre y la falta de libertad, sino sólo las ollas de carne y la abundancia de pan. "¡Mejor habría sido morir allí —exclaman en efecto— que no emprender esta pavorosa aventura de caminar por un desierto a un país que se aleja cada vez más!". Todo ello muestra un espíritu diametralmente opuesto a los designios de Dios, tantas veces revelados al pueblo desde los días de Abraham. Sin embargo, al leer esta cadena de incidentes desagradables, hemos de recordar la analogía del propósito de la multiplicación de las plagas. La verdad en cuanto a Dios no puede aprenderse sino por una reiteración de lecciones e ilustraciones, que habían de servir luego para la orientación de incontables generaciones de creyentes, siendo válidas, por lo que Pablo escribió (1 Co 10:1-14).
El mensaje
se da al pueblo (Ex 16:6-12). Moisés insistió en que las quejas dirigidas
contra él y su hermano vinieron a ser manifestaciones de rebeldía frente a
Dios, ya que ellos se habían limitado a obrar en el nombre de Jehová (versículos
7 y 8). El mensaje amplía el anuncio divino —tal como se ha redactado aquí— ya
que encierra la promesa de carne además de pan. Esta provisión de carne —algo
aparentemente tan imposible en el desierto— había de provenir del vuelo de una
bandada de codornices, quizá traída por un fuerte viento occidental, que se
posaran sobre el campamento, y respondió a las quejas de quienes recordaban
"las ollas de carne de Egipto".
El maná y su
naturaleza (Ex 16:13-14). A la mañana siguiente empezó la
"lluvia" de maná persistió hasta que los israelitas hubiesen
llegado a las fronteras de Canaán, a tierras cultivadas. Primeramente caía el
rocío y luego, sobre el rocío, "una cosa menuda", que a primera vista
parecía escarcha. Al ser examinado, sin embargo, resultaba ser más parecido a
una "semilla de culantro", redonda y blanca. Su gusto era como
"aguas de miel". Había de ser recogido por la mañana, ya que no
aguantaba el calor del sol. Tenía bastante sustancia como para ser molido, ya
que las amas de casa experimentaban diversas formas de preparar este "pan
del cielo", variando así el "menú" de todos los días.
Los israelitas habían de aprender a depender diariamente de Dios, sin intentar evadir la necesidad de su propia participación diaria, que surgía de la obediencia, humildad y fe. Tampoco se excusaba la responsabilidad de cada persona, bien que, en cada tienda, el ama de casa podría tomar las medidas culinarias que fuesen del caso para el bien de toda la familia. Esta faceta del milagro del maná corresponde a las expresiones de Juan 6 que enfatizan la fe —simbólicamente el "comer"— en el "pan de vida" que daba "vida eterna", y participación en la resurrección en el día postrero.
La
institución del sábado (Ex 16:22-30) El maná y el sábado (Ex 16:22-24).
Como mandamiento, el guardar el sábado había de destacarse en el cuarto
precepto del Decálogo (Ex 20:8-11). Es interesante observar, sin embargo, que
su institución —por lo menos como parte integrante de la vida de Israel— surge
del don del maná, y se presenta, no como una obligación legal, sino como una
vertiente más de la gracia de Dios que obra para el bien de su pueblo. No
sabemos cómo fue que el pueblo común había comprendido la necesidad de recoger
una ración doble del maná la víspera del sábado y no los príncipes (versículo
22), pero es posible que éstos, habiendo presenciado de cerca el enojo de
Moisés contra los desobedientes que querían hacer acopios del maná, deseaban
asegurarse bien en cuanto al caso excepcional (versículos 22 y 23).
Los israelitas, como tales, no tenían acceso al
lugar santísimo, pero, por el testimonio de los sacerdotes, sabrían que aún
quedaba allí la "comida de un día" de sus antepasados en el desierto,
que de tal modo habían sido sostenidos por la mano bondadosa de su Padre. Tales
objetos se vuelven fácilmente en talismanes, rodeados por una reverencia
supersticiosa —del modo en que los "cristianos" han trocado la comida
de recordación de la Cena del Señor en "sacrificio" del
"verdadero cuerpo del Señor"— pero los erros humanos no anulan el
significado de los símbolos ques ayudan a reanimar nuestra comprensión de la
persona de Cristo y de su obra.
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