26 La Palabra siempre será la Palabra.

 


Ezequiel no recibió un ministerio cómodo.

Era sacerdote, estaba lejos de Jerusalén y vivía entre los desterrados en Babilonia cuando Dios lo llamó junto al río Quebar (Ez. 1:1-3). Pero lo más difícil no fue el lugar donde debía servir, sino la gente a la que debía hablar.

 

Dios le advirtió desde el principio: “la casa de Israel no te querrá oír” (Ez. 3:7). ¡Ezequiel fue enviado sabiendo que muchos rechazarían su mensaje!

Su responsabilidad no era conseguir aplausos, aumentar seguidores ni decir aquello que el pueblo deseaba escuchar.

Dios le ordenó: “oirán; y si no quieren oír… sabrán que hubo profeta entre ellos” (Ez. 2:5).

Ezequiel tuvo que denunciar idolatría, corrupción, falsos profetas y una religiosidad que pretendía conservar las promesas de Dios mientras vivía en rebelión.

Fue llamado atalaya: si Dios advertía del peligro, él debía tocar la alarma (Ez. 3:17-19; 33:7-9).

¡Qué diferente al concepto moderno de éxito ministerial!

Hoy existe la tentación de medir una predicación por los aplausos que recibe, las personas que atrae o las emociones que produce. Pero Ezequiel nos recuerda que un mensaje rechazado puede seguir siendo un mensaje fiel.

Si Dios ha hablado en su Palabra, no suavices la verdad solamente porque incomoda. Predica sobre pecado, arrepentimiento, santidad, juicio, gracia y restauración. No cambies el mensaje para conservar la aceptación de la gente.

El siervo de Dios no fue llamado a decir lo que todos quieren escuchar, sino a ser fiel diciendo lo que Dios ha dicho.

Porque al final, Dios no preguntará cuántos te aplaudieron, sino qué hiciste con la verdad que puso en tus manos.

 

 

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