Ezequiel no recibió un ministerio cómodo.
Era sacerdote, estaba lejos de Jerusalén y vivía entre los
desterrados en Babilonia cuando Dios lo llamó junto al río Quebar (Ez. 1:1-3).
Pero lo más difícil no fue el lugar donde debía servir, sino la gente a la que
debía hablar.
Dios le advirtió desde el principio: “la casa de Israel no te
querrá oír” (Ez. 3:7). ¡Ezequiel fue enviado sabiendo que muchos rechazarían su
mensaje!
Su responsabilidad no era conseguir aplausos, aumentar
seguidores ni decir aquello que el pueblo deseaba escuchar.
Dios le ordenó: “oirán; y si no quieren oír… sabrán que hubo
profeta entre ellos” (Ez. 2:5).
Ezequiel tuvo que denunciar idolatría, corrupción, falsos
profetas y una religiosidad que pretendía conservar las promesas de Dios
mientras vivía en rebelión.
Fue llamado atalaya: si Dios advertía del peligro, él debía
tocar la alarma (Ez. 3:17-19; 33:7-9).
¡Qué diferente al concepto moderno de
éxito ministerial!
Hoy existe la tentación de medir una predicación por los
aplausos que recibe, las personas que atrae o las emociones que produce. Pero
Ezequiel nos recuerda que un mensaje rechazado puede seguir siendo un mensaje
fiel.
Si Dios ha hablado en su Palabra, no suavices la verdad
solamente porque incomoda. Predica sobre pecado, arrepentimiento, santidad,
juicio, gracia y restauración. No cambies el mensaje para conservar la
aceptación de la gente.
El siervo de Dios no fue llamado a decir lo que todos quieren
escuchar, sino a ser fiel diciendo lo que Dios ha dicho.
Porque al final, Dios no preguntará cuántos te aplaudieron,
sino qué hiciste con la verdad que puso en tus manos.
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